El Pájaro celeste y blanco

Hay jugadores que se ponen la celeste y blanca y se transforman. Se convierten en superhéroes con poderes argentinos, en donde esta transformación los impulsa a rendir hasta su punto máximo. Son pocos los elegidos. Maradona (brilló siempre, pero nunca como ese mes azteca), Ruggeri, Simeone, Batistuta, Mascherano, por nombrar algunos jugadores del último tiempo.

Uno de los casos más paradigmáticos, por goles trascendentes, conquistas y por rendir en la Selección sin importar el rendimiento en su club, es el de Claudio Paul Caniggia.

El Pájaro comenzó su aventura en el conjunto nacional el 10 de junio de 1987, con una derrota por 3 a 1 ante Italia en Zurich, en un amistoso.

Meses después tuvo la posibilidad de alzar su primer título, pero la Copa América realizada en Argentina arrojó la primera frustración post Mundial 1986. La Selección quedó cuarta en un torneo para el olvido que se llevaría Uruguay. Pese a eso, Caniggia convirtió dos goles en  su primer torneo oficial con la Albiceleste.

Misma cantidad de goles y similar desempeño tuvo Caniggia en la Copa América 1989, donde la Argentina finalizó tercera por detrás de Uruguay y Brasil, que campeonó frente a su gente.

El año siguiente llegaría su consagración en el Mundial de Italia. El delantero de Atalanta arrancó como suplente. Burruchaga y Balbo acompañaron a Maradona en el fatídico debut ante Camerún. En el segundo partido jugó de titular por Balbo y se adueñó del puesto.

El momento de eternidad llegó contra Brasil por los octavos de final. La Canarinha dominaba el encuentro, peloteaba a Goycochea, pero los palos estaban del lado argentino. Hasta que llegó el Diez, demostró una vez más porque fue el mejor de la historia y dejó solo a Caniggia para que gambetee a Taffarel y elimine a Brasil.

En la semifinal volvería a aparecer el Pájaro y su rubia cabellera. El local se imponía por 1 a 0 ante miles de napolitanos, cuando Olarticoechea encontró la cabeza de Caniggia y silenció el San Paolo para quedar en la historia. La alegría personal duró poco. Minutos después llegó la frustración cuando lo amonestaron. Por acumulación de tarjetas no pudo jugar aquella final perdida ante Alemania, una baja de la que el equipo de Bilardo no se supo reponer.

Tendría revancha un año después, cuando conquistó la Copa América 1991 haciendo una gran dupla con Gabriel Batistuta. El tandem se repetiría en la Copa Rey Fahd 1992, actual Copa Confederaciones, donde la Argentina volvió a quedarse con un título. La dupla se consolidaba de cara a la Copa del Mundo 1994, cuando se escribió una página triste en su historia personal. En marzo de 1993 fue sancionado por 13 meses debido a un doping por cocaina, que lo llevó a perderse la Copa America de ese año.

Al Mundial de 1994 llegó con lo justo, pero una vez más demostró ese plus que sacaba con el conjunto nacional. Le metió dos goles a Nigeria en la victoria por 2 a 1, con aquel recordado grito a Diego. El mismo día que Argentina clasificó a la octavos de final, el mismo día que la enfermera Sue Carpenter se llevó a Maradona al control antidoping, el mismo día que empezó la debacle para la Selección que desembocaría en la eliminación ante Rumania. Nuevamente no pudo jugar el último partido de la Argentina en un Mundial. Esta vez fue por lesión. Su último partido en esta competencia fue en la derrota por 2 a 0 ante Bulgaria. Passarella decidió no llevarlo a Francia 98, en una decisión que hasta el día de hoy no se termina de esclarecer.

Cuando parecía que su actuación con la Selección había finalizado, Marcelo Bielsa lo convocó al Mundial de Corea Japón 2002. El jugador, que por ese entonces tenía 35 años, estuvo ausente en los primeros dos partidos del grupo por una lesión en la rodilla. Contra Suecia fue al banco de suplentes y terminó siendo expulsado por protestarle al árbitro. La Argentina se quedó afuera en primera ronda tras empatar 1 a 1. El final de su historia en los Mundiales no coincidió con el recuerdo que se tiene de Caniggia. Un jugador que se ponía la camiseta albiceleste y su rendimiento llegaba a la cúspide.

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